En 2013 quiero poner algún ladrillo para construir un mundo mejor.

 

Aquí, ahora y más que en ningún otro momento que mi memoria alcance a recordar, necesitamos parar y construir algo nuevo. Sentir que somos capaces, recuperar nuestra confianza.

Por ello, para 2013 reivindico nuestro derecho, el derecho de todos los humanos, a imaginar un mundo mejor.

Un mundo que construyamos entre todos con ladrillos de ilusión y argamasa de optimismo.

Porque si no somos capaces de imaginar un mundo mejor, ¿cómo lo vamos a hacer realidad?

Podemos empezar, por ejemplo, con un pacto global de no agresión a la naturaleza. Dejar de producir basura, residuos, contaminación. Enjugar nuestra culpa dedicando todos los días algo de nuestro tiempo a embellecerlo.

Imaginemos también un mundo en el que todos contamos por igual. Y como el lenguaje construye realidades, habrá palabras que desaparecerán para siempre de nuestro vocabulario, porque ya no tendrán sentido ni obedecerán a ninguna realidad. Palabras como paro, miseria, exclusión, dolor…

Soñemos con un mundo en el que quizás vivamos menos años pero los disfrutaremos más. Sin toneladas de medicamentos ni pérdida de dignidad humana, sin “aparcaviejos”.

Aspiremos a un mundo en el que la educación no será castradora, sino posibilitadora. Una educación que enseñe a crear, a cuestionarse, a pensar por uno mismo y no dar nada por cierto sin haberlo primero comprendido y hecho nuestro.

Imaginemos que al estar más interconectados, vemos con claridad lo que a los humanos nos une, nuestros valores universales. Que aprendemos de nuestras diferencias, sin intentar imponer una visión sobre otra. A lo mejor descubrimos, por ejemplo, que nos gusta dar más que poseer, que no tiene mucho sentido dedicar la vida entera a amasar dinero, descuidando nuestra parte más humana, que un día descubrimos que nos importa mucho más.

Un mundo armónico, generoso e interconectado en el que nos miramos a los ojos, sin doblez.

Un mundo bello, cívico y bien diseñado, en el que nada falta ni nada sobra.

Un mundo que aprende de la sabiduría de sus clásicos y de los errores del pasado, para no repetirlos.

Un mundo sostenible, en el que todo tendrá sentido.

En definitiva, el mundo que querríamos dejar en herencia a nuestros hijos.

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