¿Por qué el branding no puede ser un chollo?

 

Empezamos a ser conscientes de que estamos asistiendo a un cambio de paradigma y mientras mutamos a una nueva condición que todavía desconocemos,  nuestra sociedad de consumo está de saldo. La oferta, el chollo, la ganga se han cronificado en nuestros días. Y como el estado es permanente, nuestros hábitos de compra están cambiando a pasos agigantados. Parece que ya no estamos dispuestos a comprar, y menos aun a darnos un capricho, por el precio que antes considerábamos normal. Para disfrutar de la compra, tenemos que sentir que lo que nos están dando vale muchísimo más de lo que estoy dispuesto a pagar por ello.

Al calor de esta nueva filosofía (aunque habría que preguntarse qué fue antes si el huevo o la gallina…) ha crecido una numerosísima oferta  de “low cost”: cupones descuento, ventas colectivas, marcas de lujo a precios de escándalo, viajes, masajes, belleza, peluquería, juegos, ropa, calzado, ordenadores, música, muebles, relojes, joyas … La consecuencia más inmediata es que se ha acabado definitivamente con la estacionalidad de las rebajas. Quizás todo empezó por los productos subastados en eBay y siguió por las experiencias tentadoras, placenteras y a todas luces prescindibles, sino fuera porque la oferta ¡es tan irresistible!. El chollo está llegando también a los productos y servicios para empresas, al material de oficina, al software, al alquiler de coches, a los cheques restaurant o a los servicios profesionales. Si podemos hacer un evento al 50%, ¿por qué vamos a pagarlo en su totalidad?.

Pero no todo es susceptible de entrar en este saco. En plena era del chollo, hay todavía situaciones y momentos que se viven como únicos e irrepetibles y mucho tendría que cambiar nuestra mentalidad para que entraran dentro de la categoría de ganga. Sería insólito, o incluso snob, comprarse el traje de novia en un saldo o encargar el banquete de bodas a una entrega a domicilio en oferta 2x1. Aunque nunca se sabe, quizás lleguemos a ese extremo.

Lo que me interesa señalar es que hay situaciones que, en principio al menos, se viven como si no se fueran a repetir nunca y por tanto su carácter de excepcionalidad las hace salvarse de la quema. Pues bien, algo así pasa con nuestras marcas.

Cuando creamos la estrategia, el nombre y el logo de nuestra empresa o de nuestro producto normalmente pensamos que nos han de durar para siempre. Eso es lo especial del trabajo de branding: su impacto duradero, su dimensión estratégica. Una marca no se hace para satisfacer una determinada moda o para ofrecer respuesta a una coyuntura determinada. Se hace para que dure, en principio, toda la vida del producto o de la empresa.

Y con esa mirada no debe haber cabida para frivolidades. ¿Te fiarías de alguien que ni siquiera conoces y hace este trabajo con un 70% de descuento? Probablemente no. Porque seguro que desearías que te dedicara tiempo, inspiración, conocimiento, creatividad, talento, mimo, artesanía.  Incluso que se apasionara por tu proyecto tanto como tu. Y como la ocasión lo merece, y sin que sirva de precedente, no fuera realizado con prisas. La improvisación o las “labores de aliño” le sientan mal a lo que ha de durar.

Sabemos que vivimos en un mundo acelerado y que las cosas se pueden hacer ahora a gran velocidad, pero qué menos que pararse un instante y preguntar para vuestra empresa, producto o para vosotros mismos: ¿quién soy yo?, ¿para qué he nacido?, ¿qué ofrezco de único e irresistible?, ¿a quién le importo? o ¿cómo me quiero presentar al mundo?.

Aunque admiro la organización del tradicional bar de tapas, no veo al camarero gritando “una de marcas con gabardina para el señor”, “¡marchando!”. ¿Y tú?

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Comentarios

1 |

En nombre de la crisis Luis, se están cometiendo todo tipo de tropelías.

2 |
Irene, 100% de acuerdo y además está el tema de quienes al albur de la crisis aprovechan la situación para intentar exprimirnos al máximo. Luis Echánove

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